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Las
burlas manan de las profundidades del embaucador,
una figura arque-tipíca, parte mito, parte
hombre y parte realidad psiquica. Como mito, el
embaucador mantiene una sorprendente semejanza con
la imagen alquímica de Mercurio, con su
afición a los chistes taimados y las bromas
trucadas de mercado par decirlo de alguna
forma.
El
embaucador es típicamente medio animal medio
dios. Puede cambiar de forma y función con
el guiño de un ojo y ocupar raudo la
posición de la sabiduria del diablo, como en
los festejos medievales cuando aparece como "el
imitador de Dios".
En
su forma humana, el embaucador demuestra un
temperamento mercurial con repentinos giros de
estado de ánimo y manierismos. En un momento
determinado puede ser cálido y afectivo,
pródigo en afectuoso trato con todo el mundo
pero, de repente, puede volverse frio y hostil,
evitando el contacto, desvinculado y distante. A su
lado bestial le encanta impactar y dar miedo, pero
tambien puede resultar gracioso y curar con un
sonido atemperado 0 una mirada inefable.
Como
la verdad psíquica, el embaucador ha sido
identificado habitualmente con la "oscura sombra
del Self', como un negro nubarrón de
impulso envidioso. Pero esto es una realidad
todavia par confirmar, de ahí en adelante
puede convertirse en un sujeto benevolente que hace
un trato, esperando agazapado volver a realizar una
trampa. Para el embaucador, cambia es juego,
confusón, la meta.
Habiendo
dedicado varios años a estudiar y trabajar
con R. D. Laing a mediados de los sesenta, y muchos
más años reflexionando sabre los
sucesos acontecidos par aquel entonces, creo que el
termino "embaucador", ofrece una descripción
valida para este escocés en sus muchas
manifestaciones y transfonnaciones. Además,
el concepto resume sucintamente la frase
popularizada por Laing "el Yo dividido".
Se
me ocurren dos ejemplos sobre la naturaleza
mercurial de Laing, como sanador y como endiablado.
La primera tiene que veT con una conferencia que
ofreció en Vancouver, Canadá, en
1988, un año antes de morir. La
televisión mostró después un
video sobre la charla con el quijotesco titulo:
"¿Acostumbra usted a R. D. Laing?". En
él comenta una sesión que
realizó con un hombre de mediana edad que se
sentía "muy depresivo, pensando en el
suicidio, en el umbral de la desesperación".
En lugar de empezar con la típica historia
psiquiátrica, preguntó al paciente:
"¿Cuál fue la última vez que se
encontró feliz?", continuando con:
"¿Puede usted valorar en las últimas
veinticuatro, cuarenta y ocho horas o más,
el momento en que se sintió bien?"
El
hombre respondió que le gustaba pasear y
silbar. Laing le preguntó por el tono y
empezó a silbar con él. A partir de
ahi los dos se empezaron a contar chistes. Laing
confesó que al final de la sesión se
habían hecho amigos y habian pasado un buen
rato. Entonces Laing señaló que
habían pasado los cincuenta minutos y la
sesión habia terminado. El hombre se
encaminó hacia la puerta, pero se
giró de pronto al recordar por qué
había acudido a este encuentro: para
conseguir ayuda para su depresión. Se
quejó de que no habia sacado rendimiento a
su dinero. Laing le replicó que durante
cincuenta minutos habia conseguido olvidar su
desesperación, ¿no merecía la
pena el tiempo que habían pasado juntos? Ese
Es el Laing embaucador en sus mejores momentos. Su
trato rue bromear con una persona con ideas de
suicidio sacándole de su
desesperación.
El
segundo ejemplo lo tomo de mi experiencia personal.
En 1965 me trasladé a Londres desde Nueva
York para estar con Laing. Rápidamente me vi
con el, en sentido literal, arrojado a la
más honda profundidad en lo concerniente a
la relación que habia establecido con Mary
Barnes (descrita eventualmente en el libro que
escribimos juntos, Mary Barnes: dos relatos de
un viaje a la locura) y, en general, por
el torbellino de Kingsley Hall. En la primavera de
1966 me sentia confuso, deprimido y cerca del borde
del abismo. De fonna que me dirigi a la persona por
la que había vuelto mi vida del revés
para pedir ayuda. En concreto, yo queriá
yelle en terapia. Después de escuchar mi
perorata, sugirió que viera a John Layard,
un analista junguiano clásico (y
antropólogo) que, como Laing y yo mismo,
vivia en Kingsley Hall. De hecho, Layard, que luego
descubrí que también había
buscado ayuda en Laing para su depresion, estaba en
terapia con él en aquella
época.
Acepté
con reparos a ver a Layard en su celda en lo alto
de la casa. Se sentó en la cama. Yo me
senté en una sillita cerca de él.
Después de un rato de charla, me dijo que me
acercara y que le pusiera el dedo en la sien. Lo
hice y me guió hacia un orificio bajo la
piel. Me contó que en una ocasión
habia intentado volarse el cerebro después
de babel sido rechazado como amante par su antiguo
amigo, el famoso pacta W. H. Auden. Años
antes, Auden le había rechazado par un
joven. (Después me enteré de que
había formado parte de una aventura
homosexual que incluía a Auden, el escritor
Christopher Isherwood y otros destacados
intelectuales y artistas.) Layard continuó
relatando cómo volvió a su cuarto, se
puso una pistol a en la boca y apretó el
gatillo. Cuando volvió en sí,
pensó primero que se encontraba en el cielo,
pero pronto se dio cuenta de que estaba vivo porque
sintió dolor y estaba sangrando
abundantemente. Evidentemente la bala no dio en su
cerebra pero le hizo un agujero en el
cráneo, una especie de
autotrepanación.
Poco
después de esta revelación (no me
clio ninguna oportunidad de hablar sobre mí
mismo), Layard comenzó a recorrer mi muslo
con la mano. Como respuesta, me levanté y
salí de la habitación. Al día
siguiente, charlé con Laing del incidente y
le reproché haberme derivado a Layard en
lugar de haberme atendido él. Entonces me
sugirió ver a Marion Milner, una analista
senior que había escrito mucho de sus
trabajos con artistas. Ella, a su vez, me
derivó al doctor Norman Cohen, con quien
realicé un largo, y productivo
análisis.
Se
puede decir "bien está lo que bien acaba",
pero la broma que me gastó Laing, me
dejó muy sacudido. Años más
tarde, la misma burla se convirtió en
"metabroma" que salió a la luz tras la
muerte de Laing y después de que se hubieran
publicado varias biografias sobre él. Una de
ellas fue escrita par Bob Mullan, profesor de
estudios sociales aplicados en la Universidad de
Wales en Swansea. Basaba su relata en entrevistas
con Laing realizadas y grabadas en 1988. En esa
época, Laing relató a Mullan una
historia completamente falaz sobre mi incidente con
Layard. Esa fue la "metabroma" que llegó
desde más allá de la tumba. Mullan la
utilizó en su obra (Mad to be norma/:
conversations with R. D. Laing) y otros
biógrafos repitieron el pasaje sobre la
perogrullada de Laing.
En
la primera ocasión me sentí paranoide
y desequilibrado, la segunda entre enfadado y
extrañiamente divertido. ¿Era yo tan
importante para que Laing mintiera sobre mi?
¿Era consciente Laing de la desgracia que
estaba perpetrando? ¿O el relata era un
ejemplo más de engaño indiferenciado
sin conciencia y sin relacionar?
Entonces
me vina la idea: ¿Quién era el
embaucador, Laing o yo mismo? ¿Por qué
habría alguien de creer mi historia, salvo
log que conocieran el orificio de bala de Layard?
¿Y si utilizara yo este relata para equilibrar
el tanteo?
Aún
más importante, ¿puede transformarse en
alianza una burla con el paso del tiempo?
Retrospectivamente, Laing me hizo un favor
rechazando mi deseo de que se hiciera cargo de mi
análisis. Prefirió alejarse de
mí, lo que me ayudó a embarcarme en
el doloroso proceso de desidealizarle y aprender a
pisar mi propio terreno.
Es
posible que la última alianza fuera hacerme
saber que yo le importaba, aunque para ello tuviera
que inventarse una historia sobre el encuentro
"antiterapeutico".
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